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	<title>Catálogo de Sementales &#187; El madrileño erecto</title>
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	<description>Un repaso a la historia de cuarenta y cinco amantes</description>
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		<title>Benidorm, tierra de madrileños</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Apr 2008 21:16:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>isabel</dc:creator>
				<category><![CDATA[001 Melocotones en almíbar]]></category>
		<category><![CDATA[El madrileño erecto]]></category>
		<category><![CDATA[El sobrino catalán]]></category>

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		<description><![CDATA[No hubo novedad reseñable, a los efectos que nos ocupan, hasta un veraneo un año después en Benidorm, gloriosa costa alicantina. Y aunque la ciudad ha cambiado mucho desde ese verano, los escarceos estivales se siguen produciendo como antaño, doy fe. Un año de crecimiento había dado para empezar a dibujarme el físico. Ese agosto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='series_toc'><h4>Tabla de contenido de "Melocotones en almíbar"</h4><br/><ol><li><a href='http://catalogodesementales.com/2008/04/melocotones-en-almibar/' title='Mi primer novio'>Mi primer novio</a></li><li>Benidorm, tierra de madrileños</li><li><a href='http://catalogodesementales.com/2008/04/mecolotones-y-3/' title='Será maravilloso viajar hasta Mallorca'>Será maravilloso viajar hasta Mallorca</a></li></ol></div> <p>No hubo novedad reseñable, a los efectos que nos ocupan, hasta un veraneo un año después en Benidorm, gloriosa costa alicantina. Y aunque la ciudad ha cambiado mucho desde ese verano, los escarceos estivales se siguen produciendo como antaño, doy fe. Un año de crecimiento había dado para empezar a dibujarme el físico. Ese agosto andaba yo concentrada en mis primeros lances discotequeros, en horario diurno prácticamente, porque mi toque de queda estaba fijado en las 21.30 h. y aquel mandato paternal no se lo saltaba un torero, ni de los que se arriman. Como por aquellos lares la concentración de madrileños per capita alcanza porcentajes de vértigo en esos meses vacacionales, me fue muy fácil coincidir con lo que indicaba la estadística, conocí a un madrileño. Nos veíamos en la discoteca de moda, al principio haciéndonos los encontradizos, luego ya con intención declarada. <span id="more-7"></span>El madrileño era moreno de piel y pelo, y lucidor, aunque lo que le concede un lugar en estos escritos es sin duda otra cuestión. Como los encuentros pasados con José Ángel tuvieron el efecto secundario de tornarme valiente y confiada, de hacerme perder el miedo inicial al contacto físico, yo me sentía muy segura. Podría decirse que algo de experiencia en magreos ya tenía, así que me pareció muy normal, previsible e inofensivo que nos adentrásemos en el mundo de los juegos de manos. A mi aquello me gustaba, pero sin exageraciones, resultaba agradable, pero lo cierto es que lo hacía más  porque procedía que porque me muriera de ganas. Cuando nos metíamos en harina y él intentaba ir más allá yo paraba la cosa, porque aún era virgen y me parecía demasiado pronto para atravesar esa raya. Parábamos y el se quejaba con desconsuelo y con razón…-!Pero coño, qué no vamos a hacer nada más! Si, con razón digo, porque yo de aquellas era totalmente ajena a los “duros” sufrimientos que con mis caricias le provocaba. Y en esa ignorancia seguí hasta que un día, en que él estaba en plena erección, me dijo: -“Mira guapa, toca”.  Aunque me temblaba la mano, le hice caso y toque, y debo decir en honor a la verdad, que aquello no era un pene, era una piedra. ¡Cómo iba a saber yo que esas cosas pasaban! ¡Cómo conocer que nuestros roces eran causa y “aquello” efecto! ¡Tamaño efecto! Esa sensación táctil me causó tal sorpresa y desconcierto, que el madrileño sin nombre ha pasado a la historia entre mis más íntimos, conocedores del suceso, como “el madrileño erecto”. En ese mismo instante aprendí que si te empeñas en buscar a un hombre, acabas por encontrarlo o por decirlo de otro modo, que hay partes de la anatomía masculina que suelen ser bastante agradecidas.</p>
<p> Volvimos a casa después de las vacaciones, yo más mayor y con algunas lecciones aprendidas. El invierno que siguió fue muy pacífico y no ofreció nuevas aportaciones a mi aprendizaje amatoriosexual. Pero al llegar el verano siguiente, las cosas comenzaron a moverse de nuevo. Gracias a unos cursos de perfeccionamiento en natación, deporte en el que yo era bastante buena, salí camino de Palma de Mallorca con un grupo de compañeras y sin padres. Nos alojábamos en un hostal y estábamos bien custodiadas por nuestra profesora y la directora del centro deportivo, que se cuidaban bien de mantenernos a salvo y responder de nuestra integridad, no en vano, a diario, llamaban mis padres y muchos otros, a pedir informes, en aquella increíble época ajena a los teléfonos móviles. Mi profesora venía de Cataluña y tenía un currículum de nadadora más largo y afamado que el de Johnny Weismuller. Debo reconocer que el curso era excelente. A la salida de las clases teníamos cierta suelta, que solía consistir en acudir a una discoteca que estaba muy cerquita del hostal. Allí coincidí con el sobrino de la profesora catalana. Moreno, ojos azules y buena sonrisa. Nos habíamos pegado unas cuantas miraditas en la piscina durante los entrenamientos, y él había hecho un poco el tonto para llamar la atención, unos trampolines y esas cosas que la testosterona provoca, incluso en los machos en edad adulta. El caso es que su exhibición no me paso desapercibida, aunque podía habérsela ahorrado porque ya antes me parecía un bombón. Un bombón muy dulce. Nos dedicábamos a esperarnos para acudir a aquella discoteca y pasarnos la noche juntos. Juntos sin besarnos, juntos sin tocarnos, juntos sin mantener conversaciones de las interminables, sólo juntos. A penas nuestros hombros tocándose. Curiosamente, no necesitábamos más para sentirnos en la gloria. Lo que del sobrino catalán no puedo olvidar fue el momento en que pasado el mes de clases, nos despedimos. Conservo aquella imagen como una fotografía perfectamente nítida en mi cerebro. Era de madrugada, hacía fresco, recuerdo la playa y el puerto y una rotonda. Nos abrazamos. Un abrazo bonito, inacabable, intenso… Fue la primera vez que sentí como un instante va convirtiéndose, casi sin quererlo, en un recuerdo, que aquellos minutos serían en el futuro, una especie de refugio, un lugar dónde volver recurrentemente. Sentí además la primera sensación de angustia ante una separación, el dolor de dejar a quien no quieres dejar, de temer perder para siempre a quien tienes al lado. Después he pasado por ese dolor otras veces y siempre el malestar es el mismo, ese agujero en el estómago, esa opresión en el pecho que te dificulta la respiración y la amargura que te salta las lágrimas aunque consigas no llorarlas. Cuando de nuevo me he enfrentado a esa situación, el sobrino catalán ha estado un poco conmigo.</p>
 <div class='series_links'><a href='http://catalogodesementales.com/2008/04/melocotones-en-almibar/' title='Mi primer novio'>Leer el anterior post de "Melocotones en almíbar"<br/><br/></a> <a href='http://catalogodesementales.com/2008/04/mecolotones-y-3/' title='Será maravilloso viajar hasta Mallorca'>Leer el siguiente post de "Melocotones en almíbar"<br/><br/></a></div>]]></content:encoded>
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