Mi boda
Tabla de contenido de "Cásese"
Francisco de Borja y yo empezamos los preparativos de nuestra boda a pesar de que en su casa se habían producido ciertos cambios.
El ambiente familiar de los Coronel pasaba por horas bajas. Su madre había enfermado gravemente y en menos de un año un cáncer galopante se la había llevado. En el hogar familiar las cosas habían entrado en una espiral descendente, que le regaló a mi novio el doloroso desarraigo que tanto iba a trastornarle.
El patriarca sintió que los cimientos de su vida se tambaleaban y cayó en un estado depresivo. Quién sabe si fue para salir de su hundimiento, por lo que no tardó más de tres meses en contraer segundas nupcias con una (más…)
El misterioso caso del profiláctico invencible, o el doble condón
Tabla de contenido de "Las cinco veces que fui virgen"
- La puntita y nada más
- Heidi y el gatillazo
- Angelito, yo te enseñaré cositas…
- Armand “papada” García
- Acariciando la navaja de Albacete…
- El extraño incidente del “ora pro nobis”
- Peligros del calentamiento telefónico
- El misterioso caso del profiláctico invencible, o el doble condón
Otro episodio que acabó haciéndose público, fue provocado por la inefable técnica del “profiláctico invencible” o “doble condón”. Coronel, en su afán por evitar efectos secundarios en nuestros encuentros, que pudieran delatarnos, señalarnos como lascivos impenitentes, se propuso patentar un método anticonceptivo de alta seguridad.
No contento con usar un condón, se forraba el miembro viril con un segundo, a modo de buque petrolero de doble casco. Nada de fugas. A mi aquel protocolo de seguridad me parecía (más…)
Peligros del calentamiento telefónico
Tabla de contenido de "Las cinco veces que fui virgen"
El tema del sexo se planteó un día, inocentemente, como el que no quiere la cosa. Coronel, platicando sobre su ideario me confesó: .-Ya se que en estos tiempos esto suena anticuado, pero la verdad es que a mí me gustaría que mi mujer estuviera “como Dios la trajo al mundo”. ¡Desnuda! – pensé yo, pero no, él se refería a la sempiterna cuestión de la integridad del himen.
Y yo, poseída por el espíritu redivivo de Sarah Bernhardt, en nombre del inmenso cariño que le tenía, declamé: – Me da vergüenza hasta confesarlo, pero soy virgen… ¡Ah! y otra cosa, no quiero que esto sea motivo de burla.
A Coronel se le transformó la cara, la alegría iluminaba su rostro como si fuera un mofletudo ángel barroco, revoloteando con alegría de colibrí por un retablo parroquial. Mi querido Coronel, te mentí, mea culpa, pero… (más…)
Leer el siguiente post de "Las cinco veces que fui virgen"
El extraño incidente del “ora pro nobis”
Tabla de contenido de "Las cinco veces que fui virgen"
Antes de alcanzar el tema que en este capitulo desarrollamos, será necesario que pasemos por el anecdotario del noviazgo. Lo incluyo aquí para dejar constancia de que fue necesario. O montaba de nuevo el numerito de la primorosa candidez o me olvidaba de Coronel.
Una de las primeras veces que quedamos, cuando yo aún no sabía de la misa la media, fuimos a ver un partido de tenis aun club muy fino del que su padre era socio. Su padre nos recibió con unos modales propios de un duque y nos acompañó a nuestras localidades. El padre de Coronel o Coronel padre, era ingeniero, maestro, abogado y campeón de equitación, entre otras cosas.
Terminado el partido, un amigo de Paco Borja se acercó a saludarnos. En las presentaciones nos dimos dos besos levísimos, de esos de poner la cara y simular que los labios rozan piel. Aquel acto de desvergüenza horrorizó a mi futuro suegro, hasta el punto de tomar a Paco Borja del brazo y llevárselo a un aparte para preguntarle que, qué era aquello de dejar que a uno le besaran a la novia. ¡Dónde vamos a parar si consientes que cualquiera bese a tu novia! Ahí, ahí debí salir corriendo, tan pronto oí aquel murmullo decimonónico y aberrante. Pero no lo hice. Y aún hoy no se porqué.
El noviazgo siguió y dio para conocer al resto de la familia. Me invitaron a comer un domingo. Había pleno, sus tres hermanas, su hermano, su madre, su padre y su abuela. De todos, el único Coronel que a día de hoy creo tiene salvación, pues conserva su cordura, coraje y buen humor, es mi ex cuñado, del resto mejor no opinar.
Me tocó presenciar una discusión familiar de las de tomo y lomo. Se decían lindezas sin que mi presencia les obstaculizara en absoluto, yo miraba al plato perpleja sin dar crédito a la situación.
Mi suegra sufría silenciosamente y me miraba de reojo; la abuela parecía resignada y mantenía su porte estirado, acostumbrada como estaba, hacia mucho, a aquellos comportamientos; Las hermanas contribuían a la cizaña con certera habilidad; mi suegro bañado en su amplia cultura, torcía la cordura de los hechos y los argumentos, para alcanzar conclusiones propias de un retrasado mental, mientras mi cuñado, provisto de una misteriosa cota de malla, que lo protegía de las flechas envenenadas que le llovían, se mantenía firme oponiéndose a todos ellos, incluido mi dilecto novio.
Terminamos de comer en una tregua tácita y después de los postres tuve que contemplar una escena, cuyos derechos estaría encantada de ceder al señor Berlanga para engrandecimiento de la industria del celuloide.
- Mamá ¿quieres rezar algo?- dijo el suegro… (más…)
Leer el siguiente post de "Las cinco veces que fui virgen"
Acariciando la navaja de Albacete…
Tabla de contenido de "Las cinco veces que fui virgen"
El último al que tuve que colocarle la milonga de mi mágica virtud, fue a mi actual ex marido.
Fue por necesidad porque de no haber actuado así, nada habría pasado entre nosotros dadas sus arraigadas convicciones religiosas. Tal vez hubiera sido lo mejor, pero claro está, a toro pasado que fácil es hablar.
Lo conocí porque debía estar marcado el día y la hora. Mediaba septiembre y andaba yo apurando los últimos días de mar y sol. Estando en la parada del autobús apareció primero una línea que no solía tomar pero que también llegaba a la playa, me decidí por tomar ese transporte a pesar de ser yo, en ese sentido, un animal de costumbres.
La playa estaba desierta, tal como dice la canción, con motivo, porque siendo día entre semana y pasado agosto, sólo cuatro gatos se acercan hasta allí. Extendí mi campamento, a saber: toalla, bronceador, botella de agua, revista de cotilleo, paquete de tabaco y encendedor. Me puse en topless, como de costumbre y me tumbe dispuesta a avanzar en mis ejercicios de meditación trascendental.
No pude, porque un pesado, que tenia la playa entera para sentarse, quería ponerse allí a mi ladito. Le dije que no, que prefería que no se sentara conmigo. Se fue. Paseo arriba y abajo como alma en pena, después inició otra aproximación, escorándose hacia mi toalla cual cangrejo playero. Yo no estaba por discutir, tenía el día triste, mi hermana se casaba. No me daba pena que se fuera de casa, ni tenía yo un estado depresivo y sentimentaloide por otra cosa que no fuera, una penosa envidia de esa que incomprensiblemente llaman sana, yo quería querer como ella quería. Quería un amor con retorno, un amor correspondido y sincero. Estaba harta de mis deambulatorios improductivos. Tenía ganas de llorar por todo lo que ansiaba y no llegaba.
Yo sumida en mis tristes pensamientos y él que seguía emperrado en sentarse al lado.- Mira, la playa es un sitio público, así que siéntate dónde quieras.-le dije finalmente. Se sentó rozando mi toalla, empezó a hablar, le dejé, después empecé a contestarle.
Estuvimos conversando un buen rato, no recuerdo de qué, pero consiguió disipar las brumas negras que me rondaban. Fue sencillo, las cosas buenas son sencillas. Él, que me llevaba a casa, y yo, qué bien. En coche con un desconocido ¡Viva la temeridad! ¡Pero si no sabía quién era! Metí la mano en el bolso y encontré lo que buscaba, una navaja de Albacete de dimensiones descomunales, (más…)
Leer el siguiente post de "Las cinco veces que fui virgen"
