Empieza aquí!
En la mesilla los útiles del maestro, un vaso con hielos y una taza de té caliente. Sólo mirarlos me anticipaba el placer que me esperaba. Valía la pena haber empleado más de una hora para ducharme, para embadurnarme el cuerpo con la crema que él prefería, para vaporizar en mi el olor que dejaría impregnado en sus sábanas, para escoger la lencería más fina, para depilarme el sexo por completo. Los preparativos me excitaban, sabía lo que vendría luego, lo deseaba. Deseaba a Héctor Cruz. Traspasar el umbral de su casa significaba cruzar las puertas del cielo. Los primeros besos, contra la puerta recién cerrada, con urgencia, como los de la primera noche; luego los susurros teñidos de su dulce acento colombiano.- “Prinsesa, se lo juro, mi amor, vos es la mujer que más me gustá de toda mi puta vida, mi peladita” Me desvestía él, metódico, por capas, me dejaba en ropa interior y me miraba. Me miraba con ojos codiciosos, con hambre, con bendita lujuria. Me soltaba el sujetador y jugaba con mi tanga, diminuto tirachinas de encaje, abriéndose camino con sus dedos hacia mi interior. Para cuando se deshacía de toda su ropa, estaba ya en agradecida erección. Primero era yo, primero la princesa. Héctor Cruz no me tocaba con las manos, me tocaba con la puntita de los dedos. Se chupaba las yemas, me miraba y me guiñaba un ojo, luego acariciaba todo mi cuerpo. A menudo me ataba a las patas de la cama y me vendaba los ojos; me masturbaba aplicadamente, mientras las piernas inmovilizadas me temblaban, mientras la ceguera, que me provocaba temporalmente el pañuelo de seda, me hacia concentrarme únicamente en sus caricias. Se acercaba a mi oído y en un susurro preguntaba.-“¿Le gustá, prinsesa, como la pasa, ah?” Su lengua conocía sutilezas que no acertaré a describir con justicia, pasaba por los hielos y se volvía fría rastreadora de mi clítoris, se calentaba sumergida en té y me ofrecía su húmeda tibieza. Lengua fría, lengua caliente… Enloquecedor contraste, repetido hasta lograr orgasmos que me dejaban casi sin sentido, con el corazón palpitando desbocado. Compró un vibrador rosa, lo chupaba como si fuera un enorme caramelo, antes de meterlo en mi vagina y masturbarme con devoción. Daba igual lo que hiciéramos, él lo convertía en algo limpio, puro, inmaculado. Entregado, sin cortapisas ni fingimientos, me cacheteaba las nalgas cuando estaba a punto de correrse y me tiraba del pelo, como si tuviera que asirse de algún modo a mí, mientras se perdía en su propio placer.
Aún lo echo de menos, lo echo de menos, lo echo de menos… Hace poco que no está. Héctor ha iniciado otro vuelo y yo abro a la fuerza un paréntesis. Un período entre guerras, un tiempo de soledad no deseada, que me empeñaré en utilizar bien. Vendrán nuevas experiencias que vivir, mientras tanto respiro hondo e intento olvidarlo, aunque es muy difícil, no me avergüenza confesarlo.
En su ausencia me he parado a pensar en mi vida, en lo que llevo andado, un buen camino, un buen trecho…
En estos últimos años, cuando he conocido a un hombre, llegado el momento en que él ha creído oportuno preguntar por mis relaciones anteriores, para contestar adecuadamente, he tomado el número de las que realmente han sido, y lo he dividido entre dos, el resultado de esta sencilla operación es lo que les he respondido. Lo cierto, es que la última vez que realice el cálculo obtuve una cifra que llegó a sorprenderme. Reflexionando al respecto he comprendido que ha llegado la hora de compartir los momentos más brillantes de mi vida. Puedo contar que hubo risas y llantos, que me partieron el corazón y que lo partí, que fui dejada y abandoné, ignoré y fui ignorada; pasar por todo esto no siempre fue fácil, pero juro que en el proceso me divertí enormemente y que no lamento casi nada de cuanto apasionadamente viví.
Aquí queda todo, en este compendio, torpe suma de los hombres que han estado en mi vida, catálogo minucioso y sincero, catálogo de sementales.
Este es el principio de la historia…

