002 Las cinco veces que fui virgen
El misterioso caso del profiláctico invencible, o el doble condón
Tabla de contenido de "Las cinco veces que fui virgen"
- La puntita y nada más
- Heidi y el gatillazo
- Angelito, yo te enseñaré cositas…
- Armand “papada” García
- Acariciando la navaja de Albacete…
- El extraño incidente del “ora pro nobis”
- Peligros del calentamiento telefónico
- El misterioso caso del profiláctico invencible, o el doble condón
Otro episodio que acabó haciéndose público, fue provocado por la inefable técnica del “profiláctico invencible” o “doble condón”. Coronel, en su afán por evitar efectos secundarios en nuestros encuentros, que pudieran delatarnos, señalarnos como lascivos impenitentes, se propuso patentar un método anticonceptivo de alta seguridad.
No contento con usar un condón, se forraba el miembro viril con un segundo, a modo de buque petrolero de doble casco. Nada de fugas. A mi aquel protocolo de seguridad me parecía (más…)
Peligros del calentamiento telefónico
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El tema del sexo se planteó un día, inocentemente, como el que no quiere la cosa. Coronel, platicando sobre su ideario me confesó: .-Ya se que en estos tiempos esto suena anticuado, pero la verdad es que a mí me gustaría que mi mujer estuviera “como Dios la trajo al mundo”. ¡Desnuda! – pensé yo, pero no, él se refería a la sempiterna cuestión de la integridad del himen.
Y yo, poseída por el espíritu redivivo de Sarah Bernhardt, en nombre del inmenso cariño que le tenía, declamé: – Me da vergüenza hasta confesarlo, pero soy virgen… ¡Ah! y otra cosa, no quiero que esto sea motivo de burla.
A Coronel se le transformó la cara, la alegría iluminaba su rostro como si fuera un mofletudo ángel barroco, revoloteando con alegría de colibrí por un retablo parroquial. Mi querido Coronel, te mentí, mea culpa, pero… (más…)
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El extraño incidente del “ora pro nobis”
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Antes de alcanzar el tema que en este capitulo desarrollamos, será necesario que pasemos por el anecdotario del noviazgo. Lo incluyo aquí para dejar constancia de que fue necesario. O montaba de nuevo el numerito de la primorosa candidez o me olvidaba de Coronel.
Una de las primeras veces que quedamos, cuando yo aún no sabía de la misa la media, fuimos a ver un partido de tenis aun club muy fino del que su padre era socio. Su padre nos recibió con unos modales propios de un duque y nos acompañó a nuestras localidades. El padre de Coronel o Coronel padre, era ingeniero, maestro, abogado y campeón de equitación, entre otras cosas.
Terminado el partido, un amigo de Paco Borja se acercó a saludarnos. En las presentaciones nos dimos dos besos levísimos, de esos de poner la cara y simular que los labios rozan piel. Aquel acto de desvergüenza horrorizó a mi futuro suegro, hasta el punto de tomar a Paco Borja del brazo y llevárselo a un aparte para preguntarle que, qué era aquello de dejar que a uno le besaran a la novia. ¡Dónde vamos a parar si consientes que cualquiera bese a tu novia! Ahí, ahí debí salir corriendo, tan pronto oí aquel murmullo decimonónico y aberrante. Pero no lo hice. Y aún hoy no se porqué.
El noviazgo siguió y dio para conocer al resto de la familia. Me invitaron a comer un domingo. Había pleno, sus tres hermanas, su hermano, su madre, su padre y su abuela. De todos, el único Coronel que a día de hoy creo tiene salvación, pues conserva su cordura, coraje y buen humor, es mi ex cuñado, del resto mejor no opinar.
Me tocó presenciar una discusión familiar de las de tomo y lomo. Se decían lindezas sin que mi presencia les obstaculizara en absoluto, yo miraba al plato perpleja sin dar crédito a la situación.
Mi suegra sufría silenciosamente y me miraba de reojo; la abuela parecía resignada y mantenía su porte estirado, acostumbrada como estaba, hacia mucho, a aquellos comportamientos; Las hermanas contribuían a la cizaña con certera habilidad; mi suegro bañado en su amplia cultura, torcía la cordura de los hechos y los argumentos, para alcanzar conclusiones propias de un retrasado mental, mientras mi cuñado, provisto de una misteriosa cota de malla, que lo protegía de las flechas envenenadas que le llovían, se mantenía firme oponiéndose a todos ellos, incluido mi dilecto novio.
Terminamos de comer en una tregua tácita y después de los postres tuve que contemplar una escena, cuyos derechos estaría encantada de ceder al señor Berlanga para engrandecimiento de la industria del celuloide.
- Mamá ¿quieres rezar algo?- dijo el suegro… (más…)
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Acariciando la navaja de Albacete…
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El último al que tuve que colocarle la milonga de mi mágica virtud, fue a mi actual ex marido.
Fue por necesidad porque de no haber actuado así, nada habría pasado entre nosotros dadas sus arraigadas convicciones religiosas. Tal vez hubiera sido lo mejor, pero claro está, a toro pasado que fácil es hablar.
Lo conocí porque debía estar marcado el día y la hora. Mediaba septiembre y andaba yo apurando los últimos días de mar y sol. Estando en la parada del autobús apareció primero una línea que no solía tomar pero que también llegaba a la playa, me decidí por tomar ese transporte a pesar de ser yo, en ese sentido, un animal de costumbres.
La playa estaba desierta, tal como dice la canción, con motivo, porque siendo día entre semana y pasado agosto, sólo cuatro gatos se acercan hasta allí. Extendí mi campamento, a saber: toalla, bronceador, botella de agua, revista de cotilleo, paquete de tabaco y encendedor. Me puse en topless, como de costumbre y me tumbe dispuesta a avanzar en mis ejercicios de meditación trascendental.
No pude, porque un pesado, que tenia la playa entera para sentarse, quería ponerse allí a mi ladito. Le dije que no, que prefería que no se sentara conmigo. Se fue. Paseo arriba y abajo como alma en pena, después inició otra aproximación, escorándose hacia mi toalla cual cangrejo playero. Yo no estaba por discutir, tenía el día triste, mi hermana se casaba. No me daba pena que se fuera de casa, ni tenía yo un estado depresivo y sentimentaloide por otra cosa que no fuera, una penosa envidia de esa que incomprensiblemente llaman sana, yo quería querer como ella quería. Quería un amor con retorno, un amor correspondido y sincero. Estaba harta de mis deambulatorios improductivos. Tenía ganas de llorar por todo lo que ansiaba y no llegaba.
Yo sumida en mis tristes pensamientos y él que seguía emperrado en sentarse al lado.- Mira, la playa es un sitio público, así que siéntate dónde quieras.-le dije finalmente. Se sentó rozando mi toalla, empezó a hablar, le dejé, después empecé a contestarle.
Estuvimos conversando un buen rato, no recuerdo de qué, pero consiguió disipar las brumas negras que me rondaban. Fue sencillo, las cosas buenas son sencillas. Él, que me llevaba a casa, y yo, qué bien. En coche con un desconocido ¡Viva la temeridad! ¡Pero si no sabía quién era! Metí la mano en el bolso y encontré lo que buscaba, una navaja de Albacete de dimensiones descomunales, (más…)
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Armand “papada” García
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El siguiente merecedor de mi inmaculada condición fue Armand García, portorriqueño de padres españoles, afincado aquí ya hacia años.
Su historia va íntima e indisolublemente unida a mi madre. A mi madre le preocupaba que yo no tuviera novio aún y con esa insistencia suya de madre casamentera, me repetía incansable: .- Anda nena, ¿Cuándo vas a tener novio tú? ¡Qué ya eres una mujer con espolones! ¡Con es-po-lo-nes!
¡Que bonita es la ignorancia! – pensaba yo. Porque a la pobre la tenía en la inopia, alejada de mis peripecias sexuales. Aún así, la frasecita me tocaba las narices ¡Yo qué sé cuando voy a tener novio! ¡Ya quisiera yo! Y hasta rezaba a ver si así… – Virgencita, ya sé que no soy digna de ti, que es lo que yo pensaba entonces, pero… yo querría un novio… un novio de verdad.
Una noche, mi hermana me presentó al más plasta, mantecoso e insistente hombre, que junto al que luego fue mi marido, he tenido que conocer hasta el momento, y esperemos que quede ahí la cosa. Aquel era Armand, un hombre de constitución amplia, de oronda figura, dotado de una increíble papada de varios pliegues.
No era feo a pesar de su contundencia. Era un tipo antiguo en sus maneras, un poco rancio, pero muy educado, noble y honrado. Se enamoró perdidamente de mí, sin que yo pusiera de mi parte más que una actitud distante, hasta el extremo de ignorarle descaradamente. Me llamaba tanto por teléfono, que mi madre y él llegaron a trabar amistad. Ella empezó a promocionarlo defendiendo su causa siempre que podía.
- ¡Ay nena! ¿Tú sabes lo que te quiere ese hombre? ¡Con él serias la mujer más feliz del mundo!
- ¡Está gordo!
- ¡Pues le dices que haga abdominales y que le den masajes en la papada!
¡Qué horror! Mi madre se había enamorado de Armand,
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Angelito, yo te enseñaré cositas…
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El tema de la regeneración espontánea de mi virginidad no terminó aquí. Tiempo después andaba yo una noche haciendo ronda de pubs, cuando conocí a Tono Llorens. Bajito y más bien feo, pero simpático a más no poder. Y contra todo pronóstico, porque no daba yo dos pesetas porque fuéramos juntos más allá de la vuelta de la esquina, empezamos a salir.
Él era hijo de terratenientes, de esos que tienen más pasta de la que pueden contar, aunque a mi me daba, que ahí estaba controlado cada chavo. Enamorarse de Tono fue muy fácil porque era un tipo sencillamente encantador.
Las cosas fueron rodando y marchaban bien. Quedábamos a menudo, un cine, una cena, llamaba a casa, incluso hablaba con mis padres… De sus padres no había noticia, pero yo no le di más importancia, hasta un día en que fui a recogerlo. Llamé a su puerta, vivía con sus padres. No estaba listo y por primera vez fue su madre quién me contestó. Me dijo que subiera a grito pelao muy llanota ella. Yo encantada. Mientras subía las escaleras, pude oírles (más…)
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Heidi y el gatillazo
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Severiano era un tanto excéntrico, solía pasarse horas hablando de los temas más diversos mientras yo lo escuchaba en pleno éxtasis místico. Se expresaba con gran vehemencia, y uno al oírlo llegaba a creer que tenía razón en cualquier cosa que dijera.
Era interesante, más en su personalidad que en su físico. Tenía la cara picada por las agresiones acnéicas de la pubertad y era muy alto. El flequillo le caía de lado sobre la cara, liso y castaño y él solía apartárselo con un gesto muy elegante y despreocupado.
La primera vez que me llevó a su casa, se le notaba ansioso y encendido. Era de naturaleza ardiente, pero luego pude comprobar que sus apetitos no iban acompañados de una técnica amatoria muy depurada que digamos. El gatillazo fue terrorífico para él, (más…)
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La puntita y nada más
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De la primera vez, me ha costado mucho acordarme, tanto que he llegado a dudar, pero por fin he localizado a mi desvirgador oficial. Curioso ¿no? Dicen que esto te marca de por vida, y yo, no tenía manera de saber quién había sido el autor material de los hechos en mi caso.
Puestos a elegir, ahora cambiaria aquel momento, pues no tuvo ni encanto, ni ternura. Yo no esperé a que fuera con un hombre del que estuviera enamorada, ni el encuentro fue especialmente idílico y bonito, nada de cama con dosel ni velas en las mesillas. Igual no me acordaba mucho porque fue un polvo sin detalles, que paso sin pena ni gloria. Por entonces, en compañía de una amiga, frecuentaba asiduamente una discoteca muy de moda. Él era lo más fashion del lugar, el guapo relaciones públicas del antro, un “artista del roce” con un largo historial de novias de ida y vuelta, un cretino que para la niñata que yo era entonces, representaba el premio gordo de la lotería. A fuerza de vernos, acabamos por caer.
