La dulce Roser
Tabla de contenido de "No es para siempre"
- El primer asalto
- La dulce Roser
- El primer verano
- Pagar en carne
Comenzaba el tiempo de la recuperación, despacio, muy despacio volví a ser yo. Costó mucho que ganara kilos, que durmiera en condiciones, que no me sobresaltara en cada esquina, que no saliera del zaguán de puntillas mirando a un lado y a otro, que no tuviera que vigilar el fax de la oficina, que no tuviera que dejar el móvil en silencio o desconectado durante horas, que pudiera tirar de la cadena como todo el mundo, que mi hijo probara el sabor del cola-cao de toda la vida, que ir a la peluquería no fuera una misión de alto riesgo, que el maquillaje dejara de ser pecado, que el largo de las faldas me trajera sin cuidado, que no contara cuantos botones de la camisa llevaba sin abrochar, que pudiera hablar con el dependiente de un comercio en charla amigable sin ser considerada una puta por ello…
La época de mi separación siempre me trae las imágenes de una cafetería que estaba bajo de casa, frecuentaba yo el “Dantés” y allí pasaba ratos de reflexión, para evitarles mi perpetua cara larga a mis padres.
Regentaba el lugar Roser, una mujer de una pieza, de las de pelo largo recogido en moño cuidadoso y tirante, de fortaleza corporal, de vida sembrada de dolores y de heridas cicatrizadas a la fuerza, de delantal grasiento y conciencia reluciente.
Me tomé allí un café para meditar sobre la fortuna que me estaba costando mi abogado, otro para meditar sobre el coste económico inalcanzable que suponía pretender la nulidad eclesiástica, otro para concentrarme en afinar el presupuesto ahora que empezaba el colegio…
Tomé muchos cafés.
A fuerza de pasar ratos allí, acabamos por intercambiar cromos la dueña y yo, mis historias por las suyas, tenía ella también una buena colección.
En lo que respecta a mi exmarido, Roser se convirtió en una especie de guardaespaldas para mi, para ella Coronel adquirió la categoría de símbolo universal, representación viva de los varones opresores.
Un día en el que Coronel andaba de vigilancia tras mis pasos, me vio entrar en el “Dantes”. No tardó ni un segundo en llamarme al móvil.
- Sal, te he visto entrar en ese bar.
Me esperaba en el coche, aparcado a la puerta, pero no me vio salir a mí. Roser se adelantó.
Armada de litros de adrenalina acumulados en una vida de sometimiento a diversos machos dominantes, se encaminó hasta el coche.
Impresionaba verla.
-¡Hijo de la gran puta! ¡Te voy a pelar los huevos!
Decía Roser, mientras se secaba las manos con fuerza en el grasiento delantal. De cero a cien en cuatro segundos, el coche despegó del suelo. Al poco otra llamada de Coronel,
-¡¿Y esta quien coño es?! ¡Os mato a las dooooos!
Sí a las dos, pero a poder ser lejos de Roser…
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dulce?, bueno , me da la impresión que la dulce Roser le fué de gran ayuda Marlene, tener una tia así cerca debe de tranquilizar mucho teniendo en cuenta que Coronel empezaba a dregradar y mucho.