El primer asalto

Tabla de contenido de "No es para siempre"


  1. El primer asalto
  2. La dulce Roser
  3. El primer verano
  4. Pagar en carne

Coronel pasó un tiempo llorando, un tiempo de desconsuelo, un tiempo de diez llamadas al día a mi móvil. Me suplicaba que volviera, una y otra vez. Dos o tres meses de aflicción y de ruegos. No hubo respuesta afirmativa por mi parte, estaba segura de lo que había hecho, y en esa posición me iba a mantener. Cuando se dio cuenta de que no cedería, cambió de estrategia.

Siguieron las llamadas pero varió notablemente su contenido, amenazas e insultos de grueso calibre.

- ¡Hija de la gran puta! ¡Te voy a matar! ¡Te voy a quitar a tu hijo y me lo voy a llevar a Brasil!

En lo que tenía que ver conmigo, me daba ocho que ochenta, lo que dijera, pero si algo afectaba al niño, empezaba a preocuparme. No lo creía capaz de agresiones físicas, ni de salir de España en plan padre secuestrador, pero sí sabía que se serviría de otros métodos para ejercer presión.

Le era fácil acceder a mi entorno familiar y profesional y dedicarse a montar numeritos bochornosos. Se presentaba en el parque cuando yo estaba con mi hijo y me decía.

-O me das un beso, o te monto el espectáculo del siglo delante de todos sus amigos.

Y yo le besaba para evitar que se liara. Me mandaba  faxes al trabajo, más de veinte personas tenían acceso al fax y a los escritos poco sutiles que me dirigía. Me esperaba en cualquier esquina y a cualquier hora. Llamó a toda mi familia para insultarlos, mi padre, mi madre, mis hermanos…

La separación legal seguía su curso. Llegó el momento en que el juez tenía que establecer las medidas provisionales, designaba en ellas el derecho a visitas del padre. Tuve mucho miedo. Me sentía incapaz de dejar al niño solo con él.

El juez permitía mi asistencia, de modo que decidí estar presente todo el tiempo. Fue un horror. Los momentos que se había estipulado, le correspondían para ver a su hijo los compartíamos. El niño los pasaba jugando, yo acumulando ira.

Nuestro hijo se entretenía en el parque y Coronel entre tanto me humillaba, me insultaba, me besaba, me tocaba… Yo callaba. Tengo dentro un almacén de rabia que aún no he descargado contra él y que controlo como una mina enterrada, un artefacto presto a la explosión que duerme, pero que no está desactivado.

Cualquier táctica a la que recurriera se volvía en mi contra, él pensaba más y más rápido que yo, todo su tiempo se destinaba a un único objetivo: joderme la vida.

Mis veinticuatro horas debían dar para más, tenía que trabajar, cuidar al niño, recuperar la normalidad, la relación con mi familia y mis amigos. Yo quería apartarlo de mi mente, él  se concentraba en mantenerme presente.

Llegó el día del juicio. Al juzgado de familia, Coronel llegó con su abogada, solo. Yo bien acompañada de testigos, gracias a sus desmanes y a su indiscreción, medio barrio podría haberse personado a cantar sus gestas.

Tras el juicio, Coronel suplicó que llegáramos a un acuerdo antes de que el juez se pronunciara. Yo temía tanto lo que pudiera decidirse en lo referente al derecho de visitas, que acepté hablar.

Nos reunimos con los abogados presentes. Yo ya no contaba con la abogada matrimonialista con la que había contactado en principio, no podía costeármela, supongo que ella me hubiera convencido para no ceder.

No me quejo de la representación legal que tuve, ni culpo a otros de las consecuencias de mis decisiones, decidí lo que mejor consideré entonces.

Coronel abrió la boca y se oyó el sonido de una caja registradora, de una calculadora que minimizaba la pensión base al, límite de n partido infinito, es decir, a cero. En mi cabeza solo estaba mi hijo, ocupándolo todo, borrando las cifras, borrando la sangre fría para la negociación, el interés…

Nuestros objetivos eran totalmente diferentes. Cada uno tuvo lo suyo. Él solo vería al niño en fines de semana, uno de cada dos, sin pernocta, en el horario establecido, con las condiciones de recogida y entrega señaladas.

Yo renunciaba al dinero y al patrimonio, salvo los doscientos euros que se fijaban para su hijo, para su manutención. Dada su situación económica la cifra resultaba irrisoria, de vergüenza, y muy inferior a la que el juez habría estimado.

Mediado el 2006 íbamos por los doscientos treinta euros que no han variado.

Coronel salió victorioso de la reunión, como un piel roja con la cabellera de un estúpido rostro pálido, el mío, en sus manos.

Él tenía el dinero y yo alivio.

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Comentarios

El puto miedo, todo lo definiría a eso.Miedo por su hijo, no por ella.Típico, no?.

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