Concejal hp
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El siguiente asunto laboral es un caso claro de acoso, pero juzgue cada cual.
Jerónimo Jara, concejal de deportes de un ayuntamiento que no mencionaré es el protagonista. Mi empresa tenía que organizar un campus de atletismo nacional. Habíamos aceptado el encargo, aun cuando el presupuesto disponible era más bien escaso, había interés por parte de la dirección en que nos significáramos en temas deportivos, así podrían captarse otros clientes del sector.
Para que los números cuadraran hubo que hacer malabares. Conseguimos algunas colaboraciones por amor al arte, los enamorados del deporte son capaces de echar un cable en estos casos. Logramos involucrar a un par de profesionales retirados sin que cobraran un duro, varios entrenadores bajaron su caché al mínimo y muchos estudiantes de educación física se apuntaron como colaboradores en prácticas. Una televisión local nos brindó un espacio para promocionarnos, incluso pescamos a un sponsor para financiar los equipajes para los participantes.
Nos quedaba un punto principal sin cubrir. Necesitábamos contar con unas instalaciones en condiciones, era una cuestión fundamental. Entonces me vino a la cabeza Jerónimo Jara, yo había coincidido un par de veces con su mujer en un centro de belleza. Su hijo pequeño había participado en varias carreras populares, demostrando el chavalín muy buenas aptitudes.
Su padre entusiasmado con las posibilidades del crío, quizá podría ayudarnos. Jara, o más bien su excelentísimo ayuntamiento disponía de unas pistas de atletismo nuevecitas, que solo necesitaríamos durante una semana. Si lo enfocaba bien, podría convertir nuestro campus en una actividad que lo cubriera de gloria. Su fanfarronería y las ganas locas de su hijo de participar, consiguieron el milagro.
Nos cedió las instalaciones encantado, sin cobrarnos un duro, a cambio de que diéramos notoriedad suficiente al consistorio. Podríamos disponer de las pistas, vestuarios y duchas. En ese momento, aún no me había dado cuenta, pero yo empezaba a gustarle a Jara, y Jara, era mucho Jara.
El concejal era un hombre maduro, mediana estatura, pelo canoso y ojitos legañosos. Casado con una mujer buena y simple, padre de dos adolescentes y del pequeño atleta. Era un empresario afortunado que se había forrado en poco tiempo, y que había tardado aún menos, en adquirir repelentes hábitos de nuevo rico.
Tenía por amante a la hija de unos amigos íntimos de la familia.
- Yo me la tiro todos los días y ella siempre pide más
Decía triunfal Jara, a quién quisiera escucharle.
- Ayer mi joven amante perdió duchándose, después del polvo, unos pendientes que me habían costado cuarenta papeles
Seguía alardeando, con deplorable gusto. Estos comentarios los hacía en nuestras reuniones de trabajo, dejando a la vista su sutil personalidad de hijo de puta.
Comenzó la semana del campus con gran éxito, se había inscrito un elevado número de participantes de todo el país, más de doscientos, suficiente para cubrir los costes mínimos, lo que me tranquilizó, al menos no perderíamos dinero con el proyecto. Ahora me quedaba controlar que todo se desarrollara conforme al programa que habíamos trazado sin contratiempos.
Mi empresa tenía gran interés en el proyecto y me presionaban para que todo funcionase de maravilla. Jara sabía que yo era la responsable del buen fin de aquel embolado, y sabía también que él podía seguir colaborando o poner las cosas difíciles.
Tanteó el terreno, intentó abordarme, pero yo no me mostré accesible. Me rondó sin desanimarse, pero al ver que las sutilezas no le funcionaban conmigo, optó por el ataque directo, me invitó a cenar. Yo me excuse, eso si, con toda la amabilidad del mundo, pues me daba miedo que se retractara y nos tirara de allí ahora que estaba todo en marcha, era muy capaz de largarnos a la puta calle sin explicaciones. Jara no se arrugó quería cena y sabía como tenerla. Incluyó en la invitación a la presidenta de la federación de atletismo, alma mater del evento, es decir, mi cliente. No tenía más narices que acudir.
Fuimos los tres a cenar. Martina, la presidenta, debía tener unos cuarenta y ocho años, más o menos de la quinta del concejal. Sentadas una a cada lado de Jara empezamos la cena. Él estaba radiante en medio de las dos y comenzó un coqueteo ridículo y burdo, a dos bandas.
Martina le seguía el juego verbal, charla de segundas intenciones, mientras jugaba con su melena a lo Carmina Ordóñez, que en paz descanse. Ella con sus sonrisitas y Jara devolviéndoselas, al tiempo que posaba unas de sus zarpas en mis rodillas. Inició un ascenso lento muslo arriba, con la expresión cada vez más ladina. Aguanté un rato, y él más feliz y más cerca del objetivo, pero antes de que alcanzara mi “pubis angelical” aparté su garra.
Me miró con desaprobación y me acojoné. ¿Tendría consecuencias mi negativa? Las tendría. Jara se retiró esa noche llevándose colgada del brazo a Martina.
Al día siguiente ella vino a contarme en confianza que se habían acostado, sin embargo, a pesar de que el concejal si había cobrado una presa, no entraba en sus planes ser magnánimo. Martina, se marchó esa mañana y me di cuenta que la semana se iba a hacer muy larga.
Jerónimo Jara movió sus hilos. A media mañana las duchas se quedaron sin agua, por la tarde el personal de mantenimiento del ayuntamiento hizo desalojar parte de las pistas para efectuar inesperadas tareas de mantenimiento y se perdió el material didáctico de varios de los profesores.
Me llovieron todas la quejas, sin que yo pudiera más que intentar tranquilizar los ánimos y prometer que todo se arreglaría. A última hora de la tarde, el encargado de las pistas se me acercó con un mensaje del concejal.
- Que dice el señor Jara, que la espera dentro de una hora para solventar los problemas que han surgido hoy.
El hombre se retiro con media sonrisa en los labios, como diciéndose, “a ver que haces ahora, sino pasar por taquilla” ¡Qué asco! Me quedé parada sin saber que hacer. Y claro que acudí al lugar de la cita, lo esperé, pero no sola.
Treinta minutos antes de mi reunión con Jara quedé a tomar café con su esposa, para comentar los progresos de su pequeño atleta, la mujer se sintió muy halagada y acudió puntual. Cuando apareció Jara en el lugar indicado nos encontró a las dos en animada conversación. Se le descompuso la cara. Yo le sonreí, sabía que ahora sí se iban a arreglar todos los problemas. Nos fuimos a cenar los tres juntos en buena armonía. La semana acabó sin más sobresaltos.
Después de terminar aquel trabajo, sufrí secuelas producidas por la angustia de la situación, padecí dermatitis seborreica, dolores de estómago e insomnio. El concejal sigue siéndolo y existe la posibilidad de que mantenga su modus operandi. De haber tenido pruebas tangibles, lo hubiera denunciado, por mí y por las mujeres que se ven sometidas a este tipo de vejaciones.
Al cabo de un año recibí una llamada del señor Jara. ¡Qué rostro! se mostró amabilísimo, cordial en extremo. Me contó que su vida era muy desdichada junto a su mujer, que con su amante le iba fatal y que se había acordado mucho de mi.
- ¿Quedamos a cenar?
Me preguntó el muy cretino ¡No! ¡Claro que no!
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Efectivamente, Jara está bien descrito, un hijo de puta.Desde mi humilde opinión deberiamos denunicar a hombres como Jara, Marlene estuvo espesa esta vez o es que estava hasta los mismísimos, y es que dicen que una vez acaba todo, si no es que lo haces en el momento, el hastío final puede contigo.JARA = CERDO.bs a todos.