El ingeniero bailarín, baila “Nostalgia”
Tiempo después, volví a fabricarme otra personalidad como medio de escape.
El mismo año que conocí a Coronel, mi hoy ex marido, me inscribí en una academia de bailes de salón. A Coronel aquello no le gustó mucho.
- Haz lo que quieras, tú misma, pero ¿No os sobareis, no?
Él no bailaba y no pensaba acompañarme, cosa que yo agradecí en el fondo, pues tenía ganas de que me diera un poco el aire y decidí pese a todo ir. Me encanta bailar, no lo hago mal del todo y lo disfruto mucho.
En la academia me emparejaron con un bailarín excelente, tenía cuarenta y ocho años, llevaba tres dando clases y dominaba a la perfección los ritmos caribeños. Ingeniero de caminos separado, con dos hijos mayores que tenía bajo su custodia, bonitos ojos azules escondidos detrás de sus gafas de miope y canitas plateadas, esparcidas por toda su cabellera negra. Interesante compañero.
En medio de salsas, merengues, bachatas y tangos, comencé a sentir la llamada de la selva ¿Podría tener un affaire express con Pepe, el ingeniero bailarín? ¿Sólo uno chiquitito? ¿Dónde metía yo a Coronel entre tanto?
Eso me preguntaba mientras marcaba el compás de un cha-cha-cha con las caderas. Y al terminar la canción ya había trazado el plan, yo era Lola, abogada de pro. Si lo hacía así, me sería fácil desaparecer cuando yo quisiera sin dejar rastro. ¡Que fuera a preguntar por mí al ilustre colegio de abogados!
Un día, por sorpresa, al acabar de bailar “Nostalgia”, tango de letra irrepetible y verdadera, Pepe me propuso una cita. Me quedé fuera de juego, pues no esperaba que él fuera tan rápido.
- Mira, mañana es sábado, una cita informal, te vienes a mi apartamento y yo mismo preparo la cena ¿Te apetece?
¿Qué le decía yo? ¿Qué hacia? Pepe me gustaba y yo a él, era evidente, pero temía las complicaciones. Acepté.
El sábado por la mañana, Coronel me llamó para ver como quedábamos esa noche. Yo me disculpé, con la excusa de tener que visitar a una amiga que pasaba por un mal momento sentimental.
- Está hecha polvo, él es un cabrón, dice que se marcha a Ibiza a meditar, y que si algún día vuelve, si acaso ya la llama. Un cabrón.
- ¡Pues que se busque otro novio! Sentenció Coronel con su pragmática brevedad masculina.
-No puede ser, en serio Francisco Borja, mañana hablamos.
Fui a casa del ingeniero. Había comprado marisco hervido de El Corty, unas cuantas ensaladas multicolor y cava. Puso música de salsa y nos sentamos a cenar.
- ¿En que trabajas?- quiso indagar Pepe.
- Soy abogada- contesté con veteranía
- ¿Dónde?- siguió curioso.
- Oye, Oye, que ayer bailando hable mucho yo, así que ahora te toca a ti.
Respiré hondo y apelé a su ego. Eso siempre resulta, a los hombres les encanta hablar de sí mismos. Me contó cosas de su trabajo, su separación y su afición por el baile.
Al terminar la cena me propuso bailar, me negué y él se quedó muy cortado. No me dio tiempo a explicarle que el motivo de no hacerlo era solucionable, sonaba una balada muy empalagosa y me pareció ridículo bailar aquello con él. Con cambiar la música suficiente, pero no se lo pude decir, porque en la calle se oyó un frenazo y unos gritos.
Estábamos en un primero, con balcón y ventanas abiertas de par en par. Me asome curiosa a ver que había pasado y reconocí el coche. Coronel, había frenado. Coronel, a punto de atropellar a una pareja que cruzaba. Me había seguido hasta allí, años después me lo reconoció. Me había seguido, y estaba dando vueltas a la manzana, porque no encontraba dónde aparcar cerca y tenía que seguir vigilando la zona.
Me invadió un sudor frío y las piernas comenzaron a temblarme, debí quedarme pálida. Pepe se dio cuenta de que me ocurría algo.
- ¿Qué te pasa? Estás blanca.
-Nada, nada.
Contesté yo, sin hacerle caso, concentrada en encontrar la manera de zafar del lío. ¡Piensa, rápido, piensa! La angustia de esos momentos, aunque merecida, no se la deseo a nadie.
Me aparté todo lo que pude del balcón, si conseguía verme desde abajo, estaba perdida. Coronel era muy celoso y capaz de subir, y si sube… ¡Se arma! Miré a Pepe, no podía gastarle esa putada, tenía que protegerlo de las zarpas de Coronel.
- Lo siento Pepe, tengo que marcharme-dije atropelladamente.
- ¿Ahora? ¿A dónde?
- Tengo que ir a ver a mi madre que está enferma.
Y me fui. Sí así, así me fui y eso le dije. No tengo perdón, no soy buena en las respuestas que requieren precisión, qué le vamos a hacer.
Bajé las escaleras a toda prisa y me paré en el portal. Me asomé con cuidado e inspeccioné la calle. Coronel había aparcado su coche cerca. No estaba dentro, no podía estar muy lejos. Tenía que salir de allí antes de que me viera.
Corrí sujetándome la falda que era larga, tenía que escapar. Jadeando llegué a la Gran Vía, ví el coche de Coronel a lo lejos. Aflojé el paso. No pasaba nada, no pasaba nada. Yo venía de consolar a mi amiga y no pasaba nada. Caminé hacia una parada de autobús próxima, haría como que volvía a casa.
El coche se acercó. Coronel aún no me había visto, miraba con cara de terminator a derecha y a izquierda, rastreando como un sabueso. Recuerda, me decía yo, vienes de consolar a tu amiga, tu amiga vive por aquí, ahora vuelves a casa, respira te vas a ahogar.
Coronel paró el coche a mi lado y me soltó tranquilamente, como si que coincidiéramos allí fuera lo más normal del mundo,
- Ya ves, dando un paseo. ¿Ya se ha terminado la sesión de terapia?
Sí, se había terminado. Me llevó a casa y por el camino le conté la triste historia de desengaños de mi pobre amiga imaginaria.
A Coronel no le cuadraba la explicación y me miraba de reojo mientras conducía, pero yo seguía con mi monólogo, disertación vehemente sobre los abandonos crueles, al tiempo que procuraba respirar y calmar mi tono cardíaco. Coronel acabó por ceder a mi atorrante discurso y me dejó en casa, a salvo.
Cambié de academia. No me vi con fuerzas para enfrentar al ingeniero bailarín, después de haberlo dejado plantado con cara de pasmo. Mejor aquello que una visita de Coronel, ¡No sabes de lo que te libraste amigo!
Ahora he vuelto a bailar, esta vez danza del vientre. A clase sólo vamos mujeres, más aburrido, sin duda, pero casi mejor así.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

SERA DEJADA ESTA MARLENE ¿”A VER A MI MADRE QUE ESTA ENFERMA”?,
Y SERA CABRON FRANCISCO DE BORJA ¿”NO OS SOBAREIS”?
mira, mira que acabo de empezar a trabajar después de un mes y me estoy empezando a descomponer.
entre marlene, el ingeniero que baila y el enfermo de coronel deberiamos llamar a Almodovar.