Tous, cum laude

Seguí unos días en el hotel de Marbella. Los ojos me dolían de tanto llorar, pero acabé por retomar el ánimo repitiéndome mi frase reconfortante especial para estos casos, “Lo mejor está por venir”.

Reuní los trozos de mí, que estaban esparcidos por la habitación y me decidí a bajar a cenar en el restaurante del hotel.  Cene bien y me aventuré a sentarme en uno de los sofás de la cafetería que estaba al lado de la recepción.

Allí, un hombrecillo bajito, canoso y mayor, tocaba el piano virtuosamente. Tocaba boleros trasnochados y hermosos, con letras quejumbrosas, “Si tu me dices ven” “Reloj no marques las horas” “Nosotros”. Me quedé embelesada escuchándolo un buen rato y acabé por acercarme a pedir una ampliación de la autoflagelación. A petición mía toco “Algo contigo”, “Tu me acostumbraste” y alguna más. Amabilísimo intérprete.

Bajé a escucharlo otras noches, y el hombre en agradecida correspondencia se levantaba a saludarme cada vez que yo pasaba por el hall. Me imaginaba que tendría una historia de tristeza y derrota digna de un culebrón, curiosa llegué a preguntarle:

- ¿Dónde trabajaba usted antes?

Y el hombrecito muy cortés, sospechando que yo había dado por sentados todos los tópicos otorgados a pianistas solitarios, me contestó correcto y serio:

- Aquí toco por vocación, me dejan el piano, pero en realidad soy juez magistrado de la Audiencia de…

¡Qué chasco! Guardé durante muchos años su tarjeta en mi monedero.

El magistrado pianista, resultó ser íntimo amigo del protagonista de la siguiente historia.

Durante mi estancia en el hotel había escuchado ya, un sin fin de veces, llamar a un caballero para darle avisos,

- Señor Tous, le esperan en recepción.

- Señor Tous, teléfono.

- Señor Tous, disculpe han dejado esto para usted…

Su apellido se repetía como un eco por los rincones. Me picó la curiosidad.

Una mañana tomé el desayuno en la terraza, y volvieron a reclamar su presencia, se levantó de una mesa próxima a la mía. El señor Tous vestía bien, traje en pleno mes de Agosto, lana fría gris marengo y corbata atrevida. Era alto y moreno, con unas cuantas canas plateándole las sienes, estaba muy bronceado, perfecta manicura y bonita dentadura. Era guapo, parecía un patricio romano salido de una película antigua, pero sin toga.

Esa noche, mientras su señoría tocaba para mi “Usted”, vi que el señor Tous se acercaba a saludarlo. Para no quedarme pendiente de la conversación de los dos hombres y pecar de entrometida, me di media vuelta y me acerqué hacía el amplio ventanal que daba a la terraza.

El señor Tous caminó hasta dónde yo estaba, quería conocerme. Félix Tous se presentó, me besó la mano como si yo fuera la mismísima reina de Inglaterra y me invitó a una copa, mientras nuestro particular pianista avanzaba sentidamente en sus acordes, acompañándonos con la mirada.

Tenía cuarenta y cuatro años, bastantes más que yo en aquel entonces, bastantes. Los constantes requerimientos que yo había observado, se debían a cuestiones laborales, Félix, propietario de un hotel muy distinguido, en territorio insular, estaba colaborando con un par de hoteles de la zona, en la implantación de un sofisticado programa informático de gestión.

Félix Tous era un profesional de la seducción, un docto de la conquista. Sabía qué decir y cuándo decirlo, conocía las palabras exactas para hacer sentir a la mujer que tuviera al lado, como la más deseada, la más atractiva, la más interesante del universo, fuese como fuese ella en realidad.

Me invitó a cenar al día siguiente y acepté. Escogió un restaurante en la montaña, lleno de velas, con manteles vegetales tejidos con hojas de hiedra y un maître hindú tocado con un blanquísimo turbante, sujeto con una joya ambarina.

Entre plato y plato, Félix tocaba mis manos suavemente y me explicaba un affaire suyo de juventud con una de las más emblemáticas chicas Bond. Era difícil saber si bromeaba, pero tuve ocasión de comprobar más tarde, en su habitación, que su relato era verdadero. Como prueba aportó una revista de sociedad de hacía bastantes años, en la que aparecía fotografiado con aquella imponente mujer, en actitud cariñosa. ¿Que porqué tenía la revista tan a mano? Ni idea, no creo que le fuera preciso exhibir semejantes credenciales para obtener los favores de una mujer, tenía para eso muchísimas mejores armas.

Hicimos el amor. En la cama demostró ser tan exquisito como en la mesa, sólo lo mejor complacía a Félix Tous, lo mejor de lo mejor. Al día siguiente tenía que salir hacia el otro hotel en el que estaba actuando como asesor, a unos cien kilómetros de allí.

- Vuelvo.- Me dijo, y desapareció varios días.

A mi me sentó como un tiro, pues acostumbrarse a las atenciones de Tous, provocaba adicción inmediata.

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Comentarios

ME DA LA IMPRESION QUE ESTE TOUS ERA UN GOLFO CON MUCHO ESTILO, Y UN CANALLA CON ESTILO ES CIERTO QUE PROVOCA ADICCION INMEDIATA…., ISABEL, SIGE EL RELATO.
UN BS.

A mí, éso de que viva en una isla, se traslade por trabajo y se lleve una revista de hace mil años….No me cuadra.
Yo cuando me traslado por curro, me llevo el portatil y una muda, no se me ocurre llevar trofeos de guerra y conquista.
Otra cosa para Marlene:
Conozco a un magistrado bajito, canoso y que veranea en Marbella. Si además le gusta el tenis….Bingo.. Es el mismo. Añado que tiene un amigo alto,elegante y guapo, que trabaja en una ciudad insular.
¡Que cosas! La diferencia es que yo todavía no me he tirado al amiguito, pero estoy en ello.

mujer sara, y si fuera el mismo ni lo dudes.
En lo de la revista estoy de acuerdo contigo,no es de personas con clase, como parece tenía el tal Tous, mostrar una revista del corazón a alguien que te acabas de ligar, a no ser que el pensara que esta marlene era una paleta…y el la bomba.
te echaba de menos. besos.

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