Teo Al Pacino y el punto G
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Al día siguiente recibí una maravillosa noticia, Teo estaba en Marbella.
Esa misma noche se acercó a verme, mi amiga tenía cosas que hacer con el de Alcobendas así que nos dejaron solos. Yo había recuperado mi vestuario y Teo bromeaba al respecto:
- ¡Anda que guapa! ¡Qué contenta estás ya con tu ropita!
Razón tenía, que en los dos días de Vejer, me había visto lucir solo mi exclusivo modelo estándar.
Nos tomamos una copa en la terraza entre bromas y risas. Comenzó a acariciarme la cara muy suavemente. Tenía la mirada del jovencísimo y aún angelical Michael Corleone de “El padrino”, del honesto policía de “Serpico”, del policía enamorado de la sospechosa Ellen Barkin, en “Melodía de seducción”, del cocinero ex convicto de “Frankie y Johnny”, Al Pacino madrileño, en versión original y para mí.
Estuvimos de acuerdo en subir a mi habitación. Más que recordar el sexo en sí, si bien fue del todo placentero, viene a mi memoria la imagen de nuestros cuerpos desnudos y enlazados, y el profundo bienestar que encontraba en sus abrazos.
Intercambiamos nuestros números de teléfono, yo me aprendí el suyo de memoria.
Después del verano, seguimos en contacto. Nos llamábamos con frecuencia y nos las arreglábamos para organizar encuentros en su ciudad o en la mía.
Cenábamos juntos, callejeábamos y disfrutábamos de la anónima comodidad de las habitaciones de hotel. Un año de portentosos encuentros esporádicos.
Amante sublime capaz de demostrar empíricamente la existencia del punto G, punto incorpóreo que está hecho de pasión, deseo y morbo, de amor, ansia y desespero.
Cuando Teo desaparecía por un tiempo superior al normal me preocupaba, pero no decía nada, esperaba y al poco él volvía a llamar, y el universo recuperaba el equilibrio.
Salvo una vez, meses sin noticias, una angustia, un tormento y un avión para ir a verle, para averiguar. Sí, penosa mata-hari agazapada tras las plantas ornamentales de la cafetería de enfrente de su casa, incapaz de llamar a su puerta, esperando a que saliera, sin saber qué haría yo, funesta estratega, si al final conseguía verlo.
Tengo una amiga que dice que “las más grandes tonterías se han perpetrado en nombre del amor”, razón no le falta. El amor provoca una suerte de aviesa ceguera, que nos permite caminar con infundada seguridad por el borde de los abismos más resbaladizos.
No lo vi. Volví a mi hotel y tomé el avión de vuelta al día siguiente. Siguieron dos semanas más de silencio y luego una llamada, su añorada voz saludando como si tal cosa.
Le gustaba mirarme a la cara, verme sentir, comprobar mi deleite. Se ponía a mi lado en la cama, su mano insistente sobre mi clítoris:
- Relájate, tranquila amor, quiero mirarte.
Me hizo descubrir que el tiempo puede desvanecerse si se siente más de la cuenta.
Volvió a desaparecer, el teléfono mudo y otro verano cerca. Volví a Marbella, a por él, a encontrarle.
Después de tres días de absurda espera, de vanos rastreos, me eché a llorar sobre la cama de mi hotel. ¡Bienvenida de nuevo desilusión!, compañera inseparable, siempre luchando para protagonizar líneas de este escrito y de mi vida, no pienso consentirlo, ¿me oyes?
Leí hace poco en una revista del colorín que tu padre, tú y tu hijo celebrabais el aniversario de la primera tienda de tu padre, el buque insignia de los Barhan, tres generaciones en una foto preciosa, ¿Cómo después de quererte tanto, puedo alegrarme por ti, sin que me duela tu ausencia? Que perfecto sistema inmunológico despliega nuestro corazón, para impedirnos perecer en un mar de lágrimas y hiel.
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marlene se enamora hasta la médula del tal Teo, no tengo claro si lo mitifica por todo lo que rodea al nene o que, el caso es que si creo descubre el dolor en estado puro por ser un amor no correspondido. isabel: “una angustia, un tormento y compañera desilusión”, me recuerdan la sensación de soledad que en ocasiones me quedó por culpa de amores “que se complicaron”.
SALUDOS.