Aladino y el pincho moruno

¡Ahora vuelvo! ¡Ahora vuelvo! No tenía intención de enclaustrarme de nuevo en mi habitación y recaer en los lloros, de modo que salí a dar una vuelta por el puerto deportivo.

Me senté en una terraza a ver pasar la gente mientras disfrutaba de una tónica fresquita. En la mesa de al lado había un tío alto y guapo, con pinta de árabe, con los dientes más blancos que nunca he visto (años más tarde al ver “Aladin” el film animado de Disney, me pareció el protagonista una buena copia de este individuo).

 Tras un rato de sonrisas de ida y vuelta, se animó a sentarse en mi mesa, no sin antes solicitar mi consentimiento. Al menos estaría entretenida, pensé. Según me contó en un español entendible a medias y con acento gutural, trabajaba como cocinero de un jeque árabe que pasaba el verano en Marbella con todo su séquito.

Él se encargaba de la comida tradicional, si bien, para complacer los profusos gustos culinarios de su patrón, completaban el servicio de cocina un chef francés, un conocido restaurador español y un cocinero italiano especialista en antipastos sicilianos.

Fascinante trola, pensé yo, pero entonces se acercó a mi acompañante un jovencito, que tras un saludo reverendísimo, le pidió que intercediera por él ante el secretario del jeque, pues necesitaba trabajo. Así pude comprobar que el desembarco de magnates árabes en las costas andaluzas, con el consiguiente revuelo local por las posibilidades de empleo a la sombra de tan eminentes turistas, era cierto. 

Siguió la charla gastronómica y mi amigo árabe se empeño en contarme todos los detalles de la exclusiva que había vendido a una conocida revista, con el consentimiento de su jeque por supuesto, harta estaba yo de tanto papel couché ¡Todos alardeando de sus apariciones en la prensa!

El reportaje versaba sobre la tarta de cumpleaños de su opulento jefe, que por supuesto había preparado él, a base de almendra y huevo, siguiendo una receta antiquísima que se remontaba a los tiempos de Almanzor.

Se hizo tarde y me rogó que lo acompañara a cenar al local de un amigo, o al menos eso entendí en medio de esa pronunciación tan rara

-“Ti viy a llivir dinde un amigu…”

Estaba intrigada con el cocinero y su exotismo y conocer un sitio típico de su cultura me pareció buena idea. La música se oía desde la puerta, la entrada era estrecha y olorosa.

Nos acomodaron en una mesita pequeña, sentados en bajos taburetes incómodos. Muchos árabes bailaban al ritmo de aquella musiquilla alegre, poniendo los deditos de las manos en forma de cuencos y haciendo girar las muñecas. Parecían pasarlo muy bien.

El plato típico resultó ser un pincho de cordero aliñado que giraba lentamente al fuego, un kebab, sólo que entonces no era lo popular que hoy se ha vuelto.

Olía bien, pero no tuve suerte con la preparación de mi bocadillo. Mientras el camarero tostaba mi pan y le metía el sabroso relleno, una gota de composición no comprobada, se deslizó desde su nariz hasta el interior de mi cena.

¡Cualquiera se comía aquello! Tampoco podía decirle yo,

- llévatelo y tráeme uno sin moco.

Mi amigo cenó con voracidad, y yo acabé por dar un par de mordisquitos aquí y allá para no pecar de descortés, sobre todo porque estaba rodeada de sus compatriotas, y no quería yo iniciar un incidente internacional por no probar el pincho.

El árabe comenzó a ponerse tierno y a darme unos pases mágicos con sus manos de Aladino. Tenía las manos resbaladizas y tanto sobeteo, tan certeramente dirigido, comenzó a excitarme.

De repente me entró un sudor frío, si la cosa se animaba ¿Dónde me llevaba yo al genio de la lámpara? ¿Al hotel dónde ya me habían visto muy acaramelada con el señor Tous? ¿Al yate del patrón de mi cocinero? ¿A algún piso comunitario, lleno de compañeros de mi ligue? ¡Ay que miedo! ¡Quién me manda a mí!

Comencé a esquivar las caricias morunas y Aladino se cabreó. Me cogió fuerte de un brazo y empezó a decirme algo en su idioma.

Me asusté muchísimo, me solté de él como pude, que fuerza en esos casos, saca una de dónde no la hay, y salí de allí corriendo.

Corrí por todo el puerto deportivo, mientras el cocinero, persiguiéndome, se cagaba en todo lo cagable en perfecto árabe ¿Pero porqué tenía que seguirme?

Llegué a mi hotel sin aliento, entré en la recepción asustada ¡Santuario! Me vio entrar y se quedó a unos metros de distancia, no llegó hasta la puerta.

Afortunadamente no volví a verlo.

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Comentarios

Lo que yo digo: marlene era una aventurera sin conocimiento, vamos, dejarse sobar por el árabe por muy blancos que tuviera los dientes, para luego que……..

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