Abogada de verano
Demasiadas veces he jugado a ser quien no era, a inventarme a otra persona que me hiciera de escudo y me protegiera de mis inseguridades.
Estas otras, que soy mis “yos”, versiones mías, mejoradas, corregidas y aumentadas, me han dado buenos servicios pero también me han hecho sufrir.
Cuando dices ser quien no eres, inicias una carrera cuesta abajo, desencadenas el efecto bola de nieve. Nunca, nunca, se puede volver atrás en esto, al menos no indemne.
Atravesaba yo un periodo tranquilo, tanto que una amiga se asombraba de que pudiera sobrellevar también aquella sequía, después de estar acostumbrada al riego continuo.
Algo de desgana y pasividad si tuve que reconocerle, pero no me sentía mal por ello, a mí, curiosamente, no me asaltan las ganas de motu propio, mis necesidades fisiológicas referidas al sexo, son capaces de someterse a hibernación prolongada sin problemas.
Supongo que me mantenía contenta, ilusionada con la cercanía de las vacaciones. Los veranos siempre han sido para mí un tiempo de inicios y aventuras.
Volví a la playa con la inmejorable compañía de Carmina, cara de póquer, querida prima. Esta vez, mi santa no tuvo más que acompañarme en los preliminares, sin tener que sufrir completo el martirio, luego, como bien merecía, disfrutó de sus vacaciones sin que yo le causara molestia alguna.
Para los fans de mi prima, que seguro los hay tras el episodio de la “Paloma de la paz” o “Una por mejilla”, comentaré que se casó con un hombre estupendo, un gran hombre para una gran mujer. Un beso prima.
Estábamos tomando el sol juntas, cuando Lorenzo y unos amigos se nos acercaron. Fue un abordaje divertido. Estuvimos charlando con ellos un rato de tópicos playeros.
Lorenzo estudiaba derecho, el último curso. Yo, ni corta ni perezosa, pensando que aquella sería una conversación única y que la arena se tragaría a aquel tío y no lo volvería a ver jamás, me permití la libertad de licenciarme en Derecho en ese mismo instante.
Yo tenía un año más que él, justo era, que si él estaba estudiando, anduviera yo, ya ejerciendo. Lo curioso fue que cara de póquer en un alarde de inventiva, coraje y buen humor, dijo ser también letrada, y a mí me dio un ataque de tos. Nos reímos mucho.
Contra pronóstico volvimos a vernos, Lorenzo tenía un físico agradable, el cabello castaño y los ojos verdes, un poco achinados. Era un niño bien, hijo de un constructor hecho a si mismo. Se interesó por mí y acabamos por quedar para vernos no solo en la playa.
Lorenzo me presentó a uno de sus mejores amigos, un francés muy singular. Se había hecho famoso gracias a una foto suya de bebé, seleccionada por sus amorosos padres, fabricantes de productos de alimentación infantil, para convertirla en la marca y etiqueta de sus potitos.
El negocio les había ido magníficamente y habían hecho una fortuna. La foto del amigo de Lorenzo, amigo ya crecidito, seguía en uso, de modo que era fácil verlo desnudo en cualquier supermercado en la sección de nutrición para bebés.
Tenían los franceses de los potitos un yate descomunal, con el que nos pasearon varias veces a Lorenzo y a mí.
Un día el patriarca del emporio de las papillas, me preguntó que cuál había sido mi último caso. Yo me quedé de una pieza, era una abogada, una abogada más falsa que Judas…
El yate se movió más de la cuenta a causa de unas olas traidoras, perdí el equilibrio y me fui al suelo de bruces. El buen hombre acudió a socorrerme de inmediato y gracias a la providencial caída, salvé la situación.
Mantuve la farsa con buena fortuna hasta el final del verano. Lorenzo y yo pasamos mucho tiempo juntos, fuimos al cine, nos bañamos en la piscina de su apartamento, paseamos, no era sexo lo que buscábamos. La última semana, él comenzó a verbalizar sus planes de futuro.
- “Te llamaré en cuanto llegue”
- “Vendrás en Navidad”
- “Iré a verte“
Lejos de sentirme feliz por sus amorosos propósitos, comencé a apagarme y a sentirme triste. No tuve valor para contarle la verdad, para confesarle que yo no era quien él creía.
Tal vez si no hubiera sido tan cobarde las cosas entre nosotros hubieran prosperado. Lorenzo achacó mi radical cambio de humor a nuestra necesaria separación y ni siquiera le saque de ese error.
No podré ir en Navidad, no podré ir nunca porque no existo, yo no soy yo.
Él si me llamó, muchas veces, y en muchas de sus llamadas yo veía una lucecita de esperanza. Era posible que no le importara a qué puñetas me dedicaba yo, eso no era lo más importante de nuestra relación ¿O sí lo era?
Dejé rodar la historia hasta Marzo, no sabía que hacer. Hablé con una buena amiga y le pedí consejo. Ella, que sí es abogada por cierto, con mucho acierto, me dijo que le contara la verdad, asombrada por mi capacidad de fingimiento, pero yo no podía hacerlo.
Acabé por recapacitar y un día, después de mucho pensar, con el estómago encogido, descolgué el teléfono y hablé con él.
- Lorenzo, no me llames más, no soy abogada. El resto de cuanto te he contado es verdad. No te merezco.
Colgué y lloré. Nunca supe nada más de él. Tiempo después me di cuenta que mi miedo era mucho más profundo de lo que yo creía, no se correspondía al miedo a tener tal o cual profesión, tenía miedo a que me quisiera, tenía miedo a encontrar a alguien con quien mantener una relación que yo creía no merecer.
En ocasiones somos jueces durísimos con nosotros mismos y nos privamos de hermosas oportunidades.
Arrinconé a Lorenzo en un compartimento estanco de mi cerebro, reservado a las cosas que aún duelen. Allí están quietas y estorban menos. Cuando pasa el tiempo, las saco a pasear un rato y las comparto con gente a la que quiero, gente que no se entretiene censurando mis acciones, gente que me quiere.
Querido Lorenzo, me prometí no volver a mentir más, me prometí ser yo y solo yo, pero la vida me enreda y yo me dejo enredar. Soy una vividora, así lo he elegido, y pago un precio alto por ello, te lo aseguro.
Pero éste no es un juego de “todo vale”, sí existen normas, son las siguientes: No engaño a mis amigas, mi familia es sagrada, mi hijo esta por encima de todas las cosas, y en mi trabajo mi desempeño es impecable. Con los hombres, en cambio, juego.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

TODAVÍA SIGUE MARLENE ACORDÁNDOSE DE SEMEJANTE GILIPOLLAS????Si un tio te admite porque cree que tienes una determinada profesión, y luego te rechaza por no cumplir sus expectativas culturales y/o profesionales y/o económicas, es un verdadero imbécil, y no merece ni una línea de este relato. ¡Que te jodan Lorenzo! Al final Marlene terminó derecho y se colegió, en fin…. Se hizo abogada, llegó a ser fiscal, y te denunció por desparramar idiostismo, simplicidad, mediocridad y chulería por las playas españolas. Un gabacho, abogado, intentó defenderte, pero terminó follándose a la fiscal (como tú nunca hiciste) y llevándosela, en su barco, a dar la vuelta al mundo, mientras tú te pudrías en un barquito cutre y maloliente, de esos que hay en el parque del Retiro.