Polvos de 12 campanadas
Tabla de contenido de "Pares"
Después de la experiencia del cuarteto, me impuse un cambio de aires, para evitar cruzarme con mis compañeros de tan singular encuentro.
Conocí así a Roberto Motos y a su amigo Nando. De nuevo un par.
Roberto y yo nos convertimos en confidentes, él me contaba sus penas y yo le contaba las mías tamizadas. Un año estuvimos así, relatándonos batallas y compartiendo buenas y largas conversaciones.
Llegaron las Navidades y Roberto me invitó a ir con él a una fiesta de fin de año. No tenía mejor plan y su compañía era muy agradable, así que me apunté. La fantástica fiesta, resultó ser una porquería insufrible, menudo aburrimiento. Roberto que deambulaba de un sitio a otro, saludando a sus muchas amistades, se acercó a traerme una copa y me dijo:
- Justo cuando acaben las doce campanadas espérame en el reservado de la derecha…
En esa época aún había ese tipo de rincones en las discos. La verdad, es que no sabía muy bien que hacer, si salir corriendo después de las campanadas en busca de mi carroza a punto de convertirse en calabaza, o dirigirme al cubículo de la cita y averiguar que me deparaba el nuevo año.
Me quedé. El reservado consistía en un cuadradito de poco más de un metro, separado del mundo exterior por una cortina de espeso y dudoso terciopelo negro, dotado de un banquito, acolchado del mismo tejido.
Roberto se sorprendió de verme allí, pues estaba convencido de que yo no acudiría ¡Que poco sabía él de la fuerza de la curiosidad!
La limitación espacial condicionó la postura, Roberto permaneció sentadito y alucinado mientras yo lo montaba. Miraba la cortina preocupado, no sabía él que precisamente eso, a mí, me estaba sirviendo de aliciente. Con un simple gesto, cualquiera hubiera podido abrir aquella cortinilla, solo pensarlo doblaba mi excitación.
Todo volvió a la normalidad, y a lo largo del siguiente año ni comentamos el encuentro, sin embargo, cuando llegaron las siguientes campanadas, el siguiente año, mi amigo apeló a la tradición ¡Las uvas de la suerte y yo! Quiso repetir.
Esta vez, en segunda edición, escogió otro lugar, misma discoteca, pero ahora en el almacén. El dueño, amigo suyo y mío, le había proporcionado las llaves del cuartito. De nuevo acudí.
El polvo fue muy normalito, vulgar incluso, yo me quedé a dos velas y aguantamos lo justo para que él se corriera y soltara un par de alaridos. Fue frustrante. Ya que me había brindado a perpetuar la tradición, esperaba que el nivel mejorara o al menos se mantuviese, pero no, un fiasco.
Me dije que eso no se iba a quedar así. Durante el año volvimos al “aquí no ha pasado nada”, empezaba a mosquearme que Roberto me hubiera convertido en un icono navideño. ¿Porqué coño este tío ni me tocaba durante trescientos sesenta y cuatro días, pero si me recordaba que el treinta y uno de diciembre tocaba?
El siguiente fin de año no quedamos, yo acudí a otra fiesta con una amiga, pero ya de vuelta no me resistí a pasar por la discoteca de marras. A Motos le di una buena sorpresa.
- ¡Sabía que no te lo perderías!- Me dijo él, haciendo gala de una autoestima de tamaño industrial.
Estaba con Roberto su amigo Nando, guapito, bajito, rubito, un niño bobalicón siempre dispuesto a seguir a Roberto a dónde fuera menester. Roberto Alcázar y Pedrín. Nando siempre estuvo por mí, pero no lo había intentado siquiera.
Roberto propuso iniciar el año como mandaba la costumbre y Nando, dando muestras de que estaba al corriente de lo que aquello suponía, sonrió. Lo que no se esperaba es que Roberto lo invitara a participar del evento.
- Vente tu también Nando.
Roberto casi empalmado, Nando frotándose las manos, y yo, subimos las escaleras hasta el almacén. Se dieron prisa en disponer el nido de amor, una colchoneta tirada en el suelo ¡Joder, cuanta pulcritud! Después se desnudaron a gran velocidad y se tumbaron en el lecho, dando por sentado que no pensaba ponerles ni una pega, aún cuando ninguno de los dos me había preguntado mi opinión sobre la incorporación de última hora.
Allí, los dos en bolas, muertos de risa y más que predispuestos, doy fe, allí se quedaron.
- ¡Os podéis ir los dos a tomar por culo!
Les dije, y me di la vuelta con mi traje de lentejuelas, mis tacones y mi dignidad.
Hará veinte días más o menos, cuando recogía a mi hijo del colegio al mediodía, oí una voz.
- ¡Hola guapa! ¿No me recuerdas?
- Pues perdóname, pero no, no me suenas.
Era la hermana de Roberto Motos, asidua también de la discoteca de la tradición navideña por aquella época.
- Mi hermano se acuerda mucho de ti.
- ¡Hosti! -pensé yo.
Mi reacción fue la de tantas otras veces, hacer breve la conversación, lo más posible ¡Vamos! ¡Aligerando! porque en estos casos de reencuentros inoportunos, la vergüenza se apodera de mí. Y la verdad, espero no tener que ver a Motos recogiendo a su sobrino en el colegio.
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Comentarios
Si……..si……….muy gilipollas, pero dos años consecutivos que celebró el inicio del años a lo grande, porque ese tio no se comía un torrao, jejeje.Lo que no entiendo es porqué no lo hacia al compás de las campanadas y así no le hacía falta las uvas.jejeje.
!COÑO! no lo habia pensado.EL PROXIMO FIN DE AÑO, JURO POR DIOS, QUE SI TENGO UN NOVIO O “ALGO”,ME PONGO ENCIMA JUSTO EN LOS CUARTOS. FELIZ AÑO.

no deja ser excitante montárselo en un reservado con el condicionante de que te puedan ver,me gusta ese trozo, ahora bien, el navideño roberto y su pegote el tal nando, me parecen dos gilipollas que recibieron su merecido; hija marlene, esta vez estuviste menos espesa que en otras situaciones que he leido.y si, hay que joderse verse al familar de alguien, cuando a ese alguien preferirias que se lo tragara la tierra. un beso.