Mateo tenía una madrastra

Tabla de contenido de "Extraños en la noche"


  1. Strangers in the night
  2. Mateo tenía una madrastra

Afortunadamente, no volví a sentirme así, pasé por otras muchas cosas, muchas mejores, algunas peores, pero en otra variedad. Si añadiré al capitulo un cruce casual de una sola noche, que al menos no fue tan lacerante como los anteriores y que me enseñó a dejar de llorar por los errores.

Tenía yo por aquella época dos amigos, una pareja  ejemplar. Marina y Rodrigo, guapa ella, guapo él, lista ella, listo él, buena gente los dos. A su vez contaban ellos con un amigo incondicional, Mateo, de cualidades excelentes, buen carácter y gran corazón.

La parejita y Mateo pasaban mucho tiempo juntos, por lo que ser amigo de unos suponía acabar siéndolo del otro. Pasé una temporada unida al singular trío.

Marina y Rodrigo se casaron. Celebraron su boda junto al mar. Mateo fue el padrino. Un padrino sensible que lloró más lagrimas que la propia novia, y que el resto de los invitados juntos.

Mateo lloraba de felicidad y también de envidia, porque el amor de Marina y Rodrigo era envidiable. La ceremonia fue muy hermosa y la fiesta a continuación, explosiva. Marina no quería una fiesta ñoña, y casi organizó un festival hard rock.

Acabamos todos en la piscina con media tajada cantando como locos y sin parar de reír. Mi traje de terciopelo negro y satén verde botella, ya no volvió a ser el mismo después de aquel baño de cloro.

Mateo y yo compartíamos la amistad de la pareja feliz, pero teníamos en común algo más, nos sentíamos igualmente perdidos, incapaces de encontrar al compañero idóneo.

Al finalizar la fiesta me llevó a casa. Habíamos bebido mucho, él no estaba para conducir y paró el coche. El alcohol le soltó la lengua, tenía ganas de hablar, necesidad de soltar lastre.

Hablamos.

Mateo tenía una madrastra, como en los cuentos, pero de verdad, le había costado mucho quererla. Su padre enviudó cuando Mateo aún no había cumplido los seis años y por él, por darle una madre se casó con una mujer a la que no amaba, pero a la que fue queriendo con el tiempo.

A Mateo le costó mucho superar la muerte de su madre, aceptar que no iba a volver, no soportaba que otra madre viniera a ocupar el lugar de la anterior, no podía tolerar a una intrusa, una extraña empeñada con mucho esfuerzo, cariño y tolerancia, en restar importancia a sus desplantes crueles e infantiles.

Tuvieron que pasar muchos años para que Mateo reconociera la calidad de madre auténtica en su madre suplente. Un día se la quedó mirando en la cocina, avejentada, con el delantal puesto, preparándole la cena. Esa bendita mujer, de cuyos labios no había escapado ni un reproche en todos aquellos años, a pesar de sus múltiples rechazos. Mateo se acercó a la mujer del delantal y la tortilla de patatas, la llamó por primera vez, mamá, y los dos se abrazaron llorando.

 Mateo lloró, dejándome impresionada. Desde Armand García, no había visto llorar a un hombre.

Como correspondencia a su confesión le conté alguna de mis heroicas andanzas, no todas y también acabé llorando. Más calmados, con la tranquilidad de haber exorcizado algunos de nuestros fantasmas interiores al sacarlos a la luz, nos besamos. Después hicimos el amor.

Sólo éramos dos amigos proporcionándose cariño y desahogo, nada más.

Nuestra amistad siguió en pie después de esa noche y nunca más hubo sexo entre nosotros. Fuimos capaces de comprender la peculiaridad de aquel encuentro y la imposibilidad de repetir el momento.
No hará mucho Rodrigo me llamó para celebrar el cumpleaños de Marina, le caían ya cuarenta. Casi le mato de un infarto. Estaba yo inmersa en mi separación matrimonial, y el tema había llegado a extremos tan increíbles que fue precisa una orden de alejamiento, para protegerme de los desmanes de mi ex. Con orden y todo no estaba segura.

Gracias a un familiar había podido contactar con un inspector de la policía. Esperaba su llamada, como el que espera su salvación, por eso al primer toque de móvil, y ante un número sin identificar, respondí:

- ¿Inspector Hernández?

Pero era Rodrigo. ¡Pobre Rodrigo! Lo que llevábamos sin vernos y sin hablar y yo lo recibía en plan novela negra.

- ¡Pero que haces metida en una historia de espionaje!

- Nada, Nada, no te preocupes, cosas mías (¡ Ay!  Rodrigo, si yo te contara).

No fui al cumpleaños, lo lamenté de veras, pero bajo de casa, en esa fecha,  Coronel, de quien pronto sabréis muchas más cosas, montaba guardia rezumando adrenalina y testosterona en cocktail peligrosísimo. Rodrigo me dio una buena noticia, Mateo se casaba con una chica estupenda que había sido empleada suya.

Lo mejor para ti Mateo, lo mejor de todo corazón.

Nunca más volví a llorar por un error cometido, aquella noche en mitad de la borrachera, Mateo me convenció de ello. Bienaventurados los que hierran, porque al menos se arriesgan a comprobar que siguen vivos.
 

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Comentarios

efectivamente, isabel, lo que cometen errores acreditan que han vivido y sigen vivos, después de muchas.muy bonito este trozo.orden de alejamiento???????????.cuando toca?. un saludo.

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