La brocha del anticuario

Ocurrieron muchas cosas antes de que diera con el siguiente merecedor del título de maestro.

Era anticuario y pintor, además de dedicarse al rentable negocio del ocio nocturno. Regentaba un bar de copas en el barrio antiguo, por el que solo aparecía de tanto en tanto.

La primera vez que lo vi entraba en su bar acompañado de su socio, los dos saludaban al personal como un par de vedettes de revista. A su paso la gente les sonreía. Me sorprendió mucho aquella entrada triunfal y me molesté en averiguar quienes eran aquellos dos pipiolos uniformados de Francis Montesinos. Estaba intrigada, me apetecía conocerlos.

Me ayudó mucho tropezar con uno de ellos “fortuitamente”, con cuidado de no derramarle demasiado de mi copa encima. Pedí perdón con una sonrisa y esperé que todo saliera bien.

- Perdonada.- dijo él mientras su socio me miraba.

El socio, de mediana estatura, rubio, ojos azules muy expresivos y con sonrisa de filibustero, me resultó muy atractivo. Como no quería dejar que aquello se quedase en un estudiado tropezón sin consecuencias, volví a los pocos días por allí.

Merodeé por los alrededores y entré en un café cercano, desde dónde se controlaba a la perfección la puerta del local del anticuario. Así, si salía o entraba, tenía tiempo de acercarme y continuar la ofensiva. No había mucha gente, pues entre semana la zona resulta mucho más tranquila, casi mortecina, y conseguí verlo.

Mi sorpresa fue la curiosa compañía con la que llegó. Su mujer y sus dos hijos lo acompañaban, ¡Menuda plancha! Ya estaba por irme cuando vi que su familia se despedía y él se quedaba charlando animadamente con dos de sus camareras. Me acerqué  a tomar algo, por probar…
- ¡Hola Rubi! (siempre me llamó Rubi) ¿Qué haces por aquí? - me dijo

Y como siempre, con mi talento dramático cultivado en el Actors Studio, le dije:

- ¡Uy! Si yo paso mucho por aquí, trabajo ahí al ladito, dije refiriéndome al palacio del presidente de la Comunidad, que era lo que más a mano tenía.
- ¡Ah! sí y ¿De qué trabajas?
- Pues mira…Soy la segunda secretaria del presidente.
- ¡Que importante chica!
- ¡Que va!- dije yo modesta, sin tener ni puta idea del numero de secretarias que tenía en plantilla nuestro señor presidente.

Pareció quedar satisfecho e impresionado con mi respuesta. La reina de la impostura era yo, se me dibujó en los labios una mueca perversa de satisfacción, encontraba cierto morbo en aquellos fingimientos de personalidad.

El anticuario me enseñó algunas de sus piezas expuestas en el bar, como decoración y reclamo de clientes snobs. Dejó caer que lo mejorcito de su colección no estaba allí, sino que permanecía a buen recaudo en su estudio, junto a las pinturas y esculturas en las que estaba trabajando. Era un artista. Yo demostré mucho interés y él me invito a ver su colección privada al día siguiente.

Su estudio estaba en el casco antiguo, en un edificio restaurado, al que se accedía por un portalón enorme de dos hojas. Me abrió la puerta con el torso desnudo, manchado de colores. Me pareció salido de una película francesa, ¡El artista y su modelo! Me faltaba una boina ladeada y un cigarrillo con boquilla larga.

Sus abdominales marcados pintados a salpicones, azules, amarillos, violetas… no podía dejar de mirarlo. Entonces, muy serio me dijo:

- Nosotros somos ocho hermanos y todos del barrio antiguo…

Sonó a advertencia de la camorra, “Si hablas hija de puta, vienen mis ocho hermanos curtidos en el barrio y te rajan, no te olvides de que estoy casado y tengo dos niños…” esa debía ser la traducción.

Yo a falta de mejor respuesta y algo desconcertada, le dije:

- ¡Ah! ¿Sí?, pues nosotros somos tres y siempre hemos vivido por El corte Inglés…

A continuación el pintor, llamó a su mujer al teléfono del apartamento de la playa, para asegurarse de que seguía allí. Mientras hablaba comencé a desnudarme, delante de él.

En el estudio había una mesa enorme sujeta por varios caballetes, llena de botes, tubos de pintura, pinceles, trapos, botellas de olorosa trementina y gotas incrustadas.

El anticuario colgó el teléfono de un golpe. Apartó de un manotazo los trastos de una parte de la mesa, y después de quitarme las bragas, que era lo único que yo aún llevaba puesto, me sentó en el borde. Puso entre mis piernas una brocha gorda y limpia, y apretó mis caderas con las manos.

Siguió con aquel juego de artista, estrujándome las nalgas para conseguir la presión deseada. Me masturbó con la brocha, revelándose como un verdadero genio de la pintura. Fue uno de los mejores orgasmos que he tenido en la vida.

Después me penetró allí sentadita, mientras él seguía en pie con los pantalones bajados. Me arrastró sobre la mesa y se puso sobre mí, sin que su pene retrocediera ni un milímetro. Siguió imparable, en medio del olor a pintura, a viejo y a humedad del estudio. Decididamente había encontrado a otro maestro.

La segunda vez y la última que lo hicimos fue en su casa. Tenía un piso de diseño, decorado con un gusto exquisito, moderno, pero con algunos muebles clásicos que debían valer una fortuna.

- “Rubi, quiero este culo siempre para mi” me decía mientras me penetraba a tergo, sobre la alfombra del salón.

Se le notaba que disfrutaba del sexo y de mi cuerpo.

Atrevido y dispuesto, se alejaba enormemente de la mediocridad sexual. Anticuario inolvidable. ¿Quién sabe? Igual volvemos a vernos pronto…

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Comentarios

EL CASO ES QUE TENGO UN AMIGO PINTOR, Y NO SE SI…, LE DIJERA…., QUE ME PRESTE LA BROCHA.
NO????????
BESOS.

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