Cretino y diccionario
En medio de las virginidades anteriores, y con anterioridad al encuentro del que sería mi esposo, hoy por suerte ex marido, se sucedieron otros encuentros.
Mi primer amor verdadero, el amor que dejó en mí la primera cicatriz severa, fue el que le entregué a José Lassala, el cabrón.
Ya estaba yo en los dieciocho, continuando estudios por presión familiar, que no por ganas. Nos cruzamos el primer día de clase, en la escalera. Con una mirada el asunto quedó sentenciado, nos interesábamos y reconocíamos que existían posibilidades.
El término flechazo sería adecuado para describir el momento, al menos en lo que a mi respecta. Nos quisimos, sí, los dos, pero el suyo fue un amor escapista y destructivo.
Sus padres se habían separado, bueno, en realidad su padre se había ido a por tabaco, a por tabaco a casa de otra. José no pudo asumir el abandono y la cosa se agravó cuando su padre volvió a casarse.
José desarrollo un mecanismo defensivo peligroso, su angustia, su ira y su dolor, tenían que salir a la superficie, aunque fuera cargando contra los que quería, entre ellos yo. Sobre todo, contra mí.
Se especializó en humillaciones y desprecios. Aguanté muchas cosas, que sin duda hoy no aguantaría. Plantones, no se cuantos, de los de varias horas; cafés y cafés en un bar haciendo tiempo, sin marcharme, sabiendo que al final vendría. Afrentas, incontables, en público para poder alardear de gracejo. Ni puta gracia tenía, ninguna.
Yo solía expresarme con mayor fluidez y vocabulario que el suyo, no me las daré de erudita, pero la diferencia era notoria. No pretendía yo ni presumir ni resultar una marisabidilla, era una cuestión natural, y a cada palabra que le resultaba desconocida, por frecuente y usual que resultara para el resto de la humanidad, el blandía su frase defensiva.
- “!Qué me traigan un Vox!”, una y otra vez .
- ¡Mi chica ha hablado, necesito un diccionario!
Acto seguido todo su coro de amigos explotaba en risas, todos al unísono, satisfechos de su incultura, orgullosos de sus ochenta y cinco “tío” intercalados en una conversación de cien palabras.
Así a lo tonto, a la deriva, estuvimos dos años. Con él aprendí a fingir orgasmos con técnica bastante depurada, cualquiera le decía al caballerete, que una, ni se enteraba muchas veces. Al menos fui adquiriendo práctica sexual y aunque no sabía bien lo que quería, pues en ese momento sólo intuía que debía haber mejores amantes con más recursos y pericia, me quedó claro que yo aspiraba a más.
Conforme avanzó la relación empeoraron sus malos hábitos, infidelidades varias, degradaciones públicas y en su máximo apogeo, chuleo económico, porque siempre, siempre, siempre, la que pagaba era yo. Conste que yo no le daba importancia a lo del dinero, no hasta que una amiga y defensora mía un día lo encaro y tuvieron esta conversación:
- Si estás saliendo con ella, no es porque la quieras, es porque te ves sin un puto duro y ella te lo paga todo…
- Sí, lo reconozco, al menos lo reconozco…
¡Al menos lo reconozco! Eso contestó. Frase mágica, buen recurso masculino en muchos casos, al que se debe responder.- ¡Tus pecados te son perdonados!, pobrecito, alma de cántaro, ¡Vete y no peques más! Que no hombre, que no.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

holaaaaaaaaaaaaa a todos, lassala es lo mismo que decir cabrón,¿un vox?, bueno este tipo de hombre es el que , de verdad, te puede hacer un daño hondo, de manera que si no eres madura o fuerte, te puede convertir en una amargada , porque las humillaciones hacen mucho daño. Marlene, querida, no te conozco personalmente !ojala!, pero de algo te sirvio:
1-para aprender perder, seguiste creciendo.
2-entrenantes los orgasmos fingidos mas depuradaemente, lo cual, no es facil
ENHORABUENA, pese a todos.
un saludo a mis amigos del blog.RIP A LASSALA